Soltera y Entera




Me gustan las fechas porque me gustan los símbolos. Tiendo a acogerme a lo que llamo pensamiento alegórico de la vida. En este sentido, llevaba algún tiempo esperando el trece de septiembre de este año, pues coincidía con el cumplimiento de mis nueve meses de soltería.

No hice nada especial para celebrarlo, apenas un breve balance interno que despertó en mí cierta nostalgia. En este tiempo aprendí a estar soltera (salvando algunos breves intervalos, no lo había estado desde que era niña); más aún, a ser una mujer independiente. Y aunque queda mucho por trabajar —afortunadamente—, me siento bastante satisfecha.

La historia empezó fatal. Para ser más exacta, en una ambulancia camino del hospital. Mejor será obviar los detalles pues sabed que aquella escena, más que pena, genera vergüenza. Al principio me sentí muy sola. Y lo estuve. Lloré tanto que el color de mis ojos ha cambiado.

No me sentía capaz de soportar mi soledad. La tristeza apenas se intercalaba con el tedio. El curso de los días me desquiciaba. Había perdido el proyecto en el que había puesto mi vida y mi corazón durante muchos años. Pero lo que me hacía sentir desgraciada era ese vacío que todo lo baña cuando uno empieza a dejar de amar.


La situación empezó a cambiar a partir de un descubrimiento: durante muchos años había desconocido que no sabía sonreír. Así que, ya sabiéndolo, pude construir una sonrisa. Y, así de fácil, empezaron a pasar cosas: adentro y afuera. Me encontré y reencontré con personas increíbles; estuve en lugares emocionantes y nuevos; todo parecía bonito.

Aún quedaban muchos días grises, pero la vida empezó adquirir un cariz tan hermoso que hasta daba miedo. Yo misma, incluso, era mucho más bella de lo que podría haber soñado ser.

Entonces el vacío se llenó. El tedio desapareció (la verdad es que ahora mismo no recuerdo haberme aburrido un sólo momento en los últimos meses). Y hoy, que soy una mujer independiente, puedo decir que amo más que nunca. Son amores repartidos, eso sí. Y el primero parte de mí y se dirige hacia mí misma. Este amor de por sí no es suficiente, pero pienso que es el único verdaderamente necesario.

En conclusión, alcancé un grado considerable de independencia.


En relación a esto, la pregunta es: ¿Cuál es el precio de la independencia?


Caractericemos el concepto. Para mí, alcanzar la independencia, es lo más parecido a encontrar el hogar de tus sueños. Y comprarlo. Al parecer, la entrada a pagar es bastante dura, pero tus ahorros la pueden cubrirla; mientras tanto, la hipoteca se presenta como bastante asequible; y, además, viene con un seguro a todo riesgo gratis y vitalicio.

Existen diferentes versiones de una misma frase de Aristóteles: “el hombre solitario es una bestia o un dios”. Creo que este pensamiento está muy asentado. Somos seres sociales, cierto. Es imposible pensar en una independencia pura. La influencia del entorno es fundamental: nos afectan los cuentos —o dogmas— que nos inculcan, las personas con las que convivimos y nos suceden multitud de cosas, muchas de ellas imprevistas, que nos moldean.

Estoy de acuerdo con Aristóteles en que la sociedad es previa al individuo. Propongo que a esto lo llamemos dependencia coyuntural.

Y no quisiera presentarlo con una connotación negativa. Creo que en la colaboración y el intercambio. Me fascinan las múltiples posibilidades del ser humano y su idiosincrasia fragmentaria. Por otro lado, la creatividad, valor original para la construcción de todo lo nuevo, sólo se genera, por necesidad, como respuesta a un contexto previo.

Tenemos a la sociedad que nos hace, que nos está haciendo. Es más que posible que nunca podamos saber hasta qué punto nos influencia. Y, sin embargo, existe la soledad. Al menos, la impresión de soledad. El momento irreductible en que el individuo topa consigo mismo.

Nacemos profundamente dependientes. En alguna parte leí que el grado de maduración de un ser humano equivalente al de un recién nacido de cualquier otra especie de mamífero sólo se alcanza a partir de los dos años. Si agregamos todo esto al concepto de dependencia coyuntural, la independencia a la que querríamos aspirar empieza a parecerse a un mito.


Y, sin embargo, no nos desprendemos del concepto. Al menos yo no quisiera renunciar a él tan rápido. Todos tenemos en mente la imagen de alguien que nos parece independiente. Y suele ser bastante atractivo: las personas que están bien solas transmiten algo especial, algo bonito.

Ahí es donde está la independencia para mí. Se encuentra en ese saber que, a pesar del cambio, estoy en casa. Que estando sola estoy bien. Que si me tengo, la vida sigue. Y que puedo partir del suelo en mil ocasiones, si es mil el número de veces que la vida me exige recomenzar. Porque si son mil millones de veces, también puedo. Sí: mientras me queden días, podré. Y ser independiente no es creer ni imaginar esto: es saberlo, tenerlo grabado en el corazón.


A lo que me revelo es a cómo está estructurado nuestro hábitat. En cualquier mundo posible, mientras fuésemos humanos, la dependencia coyuntural es inalienable. No obstante, nuestro mundo es particularmente atroz en lo que a esta cuestión respecta. Parece que todo está dispuesto para que seamos más y más dependientes.

Y, en este sentido, criticaría dos cuestiones que están relacionadas, cada una de ellas, a los dos grandes sistemas de organización social: capitalismo y patriarcado.

La dependencia que genera el capitalismo creo que no se le escapa a cualquiera que tenga medio dedo más de frente que un mindundi. El sistema capitalista está basado en el consumo, el cuál sólo se mantiene por medio de la creación de necesidades en el consumidor. Creo que somos patológicamente dependientes de lo que tenemos y de lo que queremos tener. Y lo somos porque nos han hecho así. Es más, genera en nosotros una doble dependencia en tanto que la seducción del tener se retuerce con la trampa del crédito.

Creo que la posibilidad de sistema en el que no prime el tener al ser no es utópico, sino posible. Y allí nuestra independencia y, con ella, nuestra satisfacción, se maximizaría. El punto de referencia no estaría fuera de mí.

No es que el capitalismo sea el único sistema que genera dependencias innecesarias, pero, de hecho, lo hace. El que no tiene no debería ser considerado un fracasado, ni directa ni indirectamente. Y la idea del fracaso por no tener es una violencia que nos atenaza desde antes, probablemente, de tener uso de razón.

En conclusión, creo que si nos rigiésemos por un sistema que no siguiese los principios del capitalismo en cuanto a generación de dependencia, habría un índice mucho más bajo de adicciones. Por ejemplo, en este post me estoy jactando de ser una mujer independiente, pero quitádme el tabaco y ved qué me ocurre.

Alguno de vosotros argüirá: ¿estás diciendo que fumas por culpa del capitalismo? Pienso que, en última instancia, fumar es mi responsabilidad, por supuesto. Pero me crié en un mundo de fumadores potenciado por una gran campaña —que no siempre fue subterránea—a favor del consumo de tabaco.

¿Podría dejar de hacerlo? Sí. Y lo haré. Pero el condicionamiento fue evidente y dejarlo dependerá de una voluntad que yo no hubiera tenido que ejercer de haber nacido en una sociedad no fumadora.


Por otro lado, asociado a esto, y muy relacionado con el patriarcado —sobretodo porque en él están evidentemente implicados los roles de género— quisiera criticar la idea del amor romántico. No obstante, dejaré el concepto de patriarcado a un lado, pues la asociación entre amor romántico y patriarcado da para mucho y no es el asunto que quiero tratar hoy.

Algunas personas me dicen, a veces en broma, a veces en serio, directa o indirectamente, que ya es hora de que me eche novio. Y yo, como Carotone, me cago en el amor.

No soy una princesa. Ni quiero a un príncipe. No quiero que me salven. Sólo creo en la compañía, en el intercambio y en la creatividad.

“Entera, completa y a tope”, así me describió una vez mi amiga Noe. El concepto de la media naranja es un terrible error. Si nos sometemos a esto, cuando nos quedemos solos, nos encontraremos incompletos. Y eso es así porque fraguamos relaciones dependientes y parasitarias. No es esto lo que yo quiero. No obstante, a veces dudo si es posible tener una relación de pareja y conservar la independencia del individuo. Desde el punto de vista del amor romántico, pienso que no.

Siempre defiendo que la soltería no es un estado de carencia. Estar soltera no es necesariamente no tener un novio. No es, ni de lejos, no tener amor. Yo ahora amo más que nunca: me amo sobretodo a mí. Y por eso me elijo. Me ha costado mucho llegar a esto. Y no me apetece perderlo: así de sencillo.

Al menos, no lo perderé tan fácilmente, porque es bastante probable que alguien me termine atontando. Pero aquí estoy yo: soy mi referencia y no me quiero perder.

El amor romántico es otra cosa. Me refiero a la idea de que sólo hay una persona en el mundo capaz de llenar la vida de otro (¡y creen que no son ellos mismos!); y de que, además, tenga que ser una misma persona para el resto de sus días; hablo de ese concepto omnipresente en las novelas, en las canciones de amor y en las películas.

No hay mayor violación de la independencia que esta idea, repetida hasta la locura, a través de las voces enamoradas: ésas que, llenándose sus bocas de azúcar, vomitan pasteles de cabello de ángel; las que habitan al borde del colapso rosa y la credulidad más absoluta; esos pobres enfermos, colmados a la par de felicidad y desazón, que se empeñan en contagiarnos a los que vivimos tranquilos.

Durante mucho tiempo me creí lo que contaban. Ahora me escandaliza. Si alguna vez un hombre me quiere, le advierto: ya no admito que me vendan cuentos, apenas que estén a mi lado mientras dure, que me hagan sentir bien.

Es más, estoy harta de ver individuos que renuncian a sus vidas por sus parejas. Muchos, con los ojos vendados, reniegan de ser ellos mismos, de sus gustos e intereses. Y lo cuento porque yo tambiénlo hice. Esto sucede, sobretodo, no porque necesitemos estar acompañados, sino sobretodo por la idea del amor romántico. Éste nos ha vendido un cuento que genera una forma de acompañarmiento dependiente. Y va mucho más allá de lo que naturaleza exige.

Lo peor es que, de este modo, los dependientes que fracasan en sus amores de ensueño, ven sus vidas naufragar con sus amores. Y cada día son más. Por eso me parece tan importante la construcción de la independencia. Creo que sería interesante apostar por una educación que se apoyase en una idea alternativa a la del amor romántico.

Si puediese hablar con la niña que fui le contaría que la vida es maravillosa, que encontrará a mucha gente a su alrededor; que tendrá mucho amor, también de pareja; pero que no sueñe con verse acompañada para siempre por un mismo hombre; que disfrute de sus experiencias, las que sean; le diría que el objetivo no es que el amor hacia una persona dure para siempre: aunque esto puede suceder, su ocurrencia es más circunstancial que ideal; y también añadiría que no tuviese miedo si acaso quedase soltera, porque la soltería no es sinónimo de soledad.


Tras esta disquisición, quisiera puntualizar que las correlaciones entre soltería/independencia y “compromiso”/dependencia no son necesarias. Sin embargo, me parece que es evidenteque el concepto de amor romántico impulsa a la vida dependiente, en acto puro o como deseo incumplido. A mí ya no me interesa tener novio. No me importaría que no llegase nunca.

No: no estar enamorado no es una calma muerta. Es un mar de vida que fluye más que nunca. Es un no saber dónde estaré mañana. Y cuando esto se vive desde la independencia, resulta más inspirador y asombroso que cualquier otro estado. Mi corazón es mi hogar: a partir de ahí, el mundo me pertenece.


No obstante, retomo la pregunta: ¿Cuáles el precio de la independencia? ¿Se puede vivir en pareja y ser independiente? Supongo que, en parte, sí. Pero no completamente. Por eso, para las personas que hemos aprendido a estar solas, la opción de la compañía pasa a ser menos atractiva. Porque amar “con todo” a otro es una gran señal de generosidad, pero nada se puede equiparar con amarse a uno mismo. Y yo amo a muchas personas.

Pero, ¿qué sucedería si una sola pasase a estar en el centro de mi corazón? Que correría el riesgo de perder lo más grande y hermoso que ahora tengo. Y esto soy yo.


No me estoy acogiendo a las sabidurías orientales o estoicas. En verdad, tengo un fondo bastante hedonista. Exprimo el momento. Río con ganas. Amo arriesgar. Podría ser capazde llorar sangre si esto fuese necesario. Pero lo hago aquí, en mi hogar, en mi centro. Y cuando termino, saco un paño, la escoba y el pegamento para recomponerme. No me quiero perder nada en esta vida. Y estoy abierta a todos los sufrimientos que aún me tienen que amenazar.


Sin embargo, si estoy bien así, ¿porqué tengo que aspirar a lo mismo que todos los demás? Si escojo mi independencia maximizada por mi estado de soltería, y la elijo como opción vital para el resto de mi vida, ¿cuál es el precio que debo pagar?

Posiblemente, a largo plazo, algo más que mi “soledad” (que no es tal, dudo que la haya muchas personas "comprometidas" con un grado de actividad social equiparable al mío). El grupo a tiende ejercer la violencia contra el que disiente. Así que si este grupo cree en el amor romántico, como es el caso, me increparán. Por lo tanto, el precio de la independencia es el rechazo.

Aquellos que creen en el amor romántico se pueden sentir descolocados al observar que otra persona es feliz sin su media naranja (así como el capitalista rechazará al pobre en posesiones). Esto es así por la envidia que genera que un ser puedaser tan feliz como ellos sin compartir, al mismo tiempo, la desazón que el amor conlleva.

Entonces la asumida idea de Aristóteles se vuelve contra mí. El ser humano independiente en el plano afectivo o económico pasa a ser considerado por los demás, más que por sí mismo, un dios o, más bien, una bestia.

Por eso es tan difícil conservar nuestro estado de soltería. Se trata de una cuestión de presión que nos impulsa a memorizar las instrucciones del juego. De lo contrario, quizá podríamos ser muchos los que nos sentiríamos solteros y enteros por decisión propia; felices, ¡al fin!, de pleno derecho, en nuestra independencia. Y el amor romántico, con toda la industria que teje, se quedaría en los huesos de los amantes que mueren envenenados de celos.

El cuento



Life is what happens to yo while you're busy making other plans

John Lennon



Tengo un video familiar del verano del ochenta y ocho. Para introducir el tema de hoy, quiero presentaros una de las escenas. Como todavía no sé cómo se suben los videos, os la cuento:

Llevo un peto rosa y el pelo, larguísimo, recogido en una coleta bastante despeinada. He conseguido subirme a un baúl enorme que solía usar para jugar a los piratas (estaba lleno de conchas gigantes y, hasta el día de hoy, no creo que pueda existir un tesoro mejor que ése).

Al otro lado de la cámara, mi madre me está contando un cuento: un lobo atemorizaba a nuestro pueblo; no nos dejaba tranquilos porque quería devorar todas nuestras muñecas y apoderarse de las piruletas que las niñas escondían debajo de sus camas.

Al principio yo no presto atención. Estoy jugando con unos muñecos pin y pon. Pero a medida que la truculencia del relato se incrementa, me olvido de todo y empiezo a mirar a mi madre con los ojos muy abiertos. La historia llega a su climax: el lobo dice que nos va a comer. Yo me asusto y mi madre apenas puede aguantar la risa. Entonces reacciono, sonrío y zanjo el cuento con una frase: «Pero yo le pegué».

Acababa de descubrir que podía interferir en la ficción. Que podía construir mi propio cuento.


Y la pregunta es: ¿Cuál es nuestro cuento?

Me refiero al cuento del yo: a mi cuento, al que me hace ser yo misma.


La vida es, en efecto, cambio. Cuando traté el tema del adiós quería enfatizar ese instante de vacío que hay entre lo viejo y lo nuevo ―entre el adiós y el hola―. Porque el cambio no es instantáneo ni perfecto. Quise resaltar la discontinuidad existencial con la que nos tenemos que enfrentar en la vida. Esto está asociado al asunto de la identidad de cada uno de nosotros.

Cuando miro aquel video, me cuesta ―y en parte no― sentirme identificadacon aquella niña. ¿Cómo sé que yo sigo siendo la misma a través del tiempo? (teniendo en cuenta que prácticamente todo cambia).

La niña se parece a mí, por supuesto. Cuando la miro, no puedo evitar pensar que soy yo. Pero, ¿por qué? Vamos a analizarlo:

Podrían decirme: tienes el mismo cuerpo. Veintidós años después, las células que me componen son otras. Yo no soy mi cuerpo. Suponiendo que me lo cambiasen, seguiría sintiéndome la misma. Así que yo no soy yo por tener este cuerpo.

Algunos dijeron que la memoria es que la que hace que yo sepa que soy yo. Pero, con John Locke, pienso que esta noción de identidad no se sostiene: el yo debe apoyarse en una base objetiva, no subjetiva. Si Indira es Indira sólo porque Indira cree recordar haber sido siempre Indira, mal vamos. Indira es Indira independientemente de que un día sufra amnesia.

Por otro lado, me han pasado muchas cosas que han cambiado profundamente mi carácter y mis hábitos, así que yo no soy yo por éstos. Es más, cuando nací no tenía carácter y creo que ya era yo.

Tampoco nos podemos apoyar en el conocimiento: ahora sé muchas cosas queantes desconocía (y también he olvidado unas cuantas).


Estoy hablando de la identidad y de la continuidad del yo. ¿Cómo es posible que yo siga siendo yo a través del tiempo? A veces me pareceque pensar en el yo es una ilusión. Que sólo puedo hacerlo sirviéndome de la magia. Para la religión es sencillo: si suponemos que tenemos un alma, el problema de la discontinuidad queda resuelto. Pero este postulado es mágico: un salto injustificado en el razonamiento (posiblemente algunos estaréis pensando en Kant, pero ahora no quiero meterme en un debate con el filósofo).

Seguramente os preguntaréis a dónde quiero llegar con semejante disertación. Pongamos los pies en la tierra.

La vida es un cuento. Tiene estructura narrativa. Hay una sucesión de momentos que se superponen, pero no es una búsqueda unidireccional. La continuidad de nuestras vidas es siempre parcial y fragmentaria. Es cierto que hay compromisos, proyectos que enlazan distintos momentos de nuestro yo. Pero los imprevistos son fundamentales. Nuestro proyecto de vidaes altamente inestable. La vida no es una búsqueda unificada. Desmentir este mito da mucho miedo. Y duele.

Por eso no paramos de buscar la continuidad. Necesitamos aferrarnos a un proyecto. Y no reparamos en que lo que estamos haciendo es construir dos cuentos:

El primero, nuestro plan de vida. Éste coincide con el cuento que queremos vivir, en el que buscamos englobarlo todo. Nos sirve para conferir un sentido a cada minuto de nuestra existencia. Especialmente a nuestros sufrimientos. Y, si falla, podemos sentirnos frustrados irrevocablemente.

El segundo el cuento ―aquel que yo reclamo― es el que vivimos realmente: ése que nos encontramos por el camino, lo que nos pasa mientras vivimos. Y nos remite a la escena presente, donde nos encontramos. El problema de este cuento es que nos da miedo porque no siempre responde a un sentido prefabricado.


«Pero yo le pegué», no me cabe duda de que el lobo se quedó cao. Imaginad a una niña de dos años enfrentándose a una fiera golosa. Me gusta. Se sale del plan. Es un auténtico imprevisto. Creo que considerar la vida como una continuidad nos limita profundamente. Y me parece muy importante explorar las posibilidades del imprevisto, porque sólo entonces se enriquece nuestro cuento.

Al afirmar esto, me estoy enfrentando a una gran tradición filosófica. Esto es lo que ellos dicen:


Una vida sin examen no tiene objeto vivirla para el hombre (Platón,Apología de Sócrates).

Tal hombre [el justo] ha de disponer bien lo que es suyo propio, en sentido estricto, y se autogobernará poniéndose en orden a sí mismo con amor (Platón,República).

Una persona es feliz cuando está realizando con más o menos éxito unplan de vida racional, concebido con condiciones favorables y cree que tiene posibilidades razonables de cumplir con tal plan (Rawls, Teoría de la justicia).

Cuando de pronto despierto vitalmente y caigo en la cuenta de que vivo me encuentro ya, desde luego, obligado a realizar en el mundo el personaje que soy por anticipado. Y todo lo que hago, es decir, mi presente, lo hago para realizar ese proyecto que soy (Ortega,¿Qué es la vida?).


En mi opinión, no podemos ni guiar nuestra vida por completo (no hay un personaj anticipado), ni dejarla por entero a la deriva. Nuestra vida es, en parte, aquello que creamos nosotros y, también, eso que está en manos del azar. Los imprevistos pueden cambiarlo todo, aun cuando elaboremos un plan que los tenga en cuenta. Si lo vemos así, las posibilidades de la ficción se multiplican.

Por eso, no creo que haya un Yo sustrato que nos constituya con elc onocimiento. El super-cuento no es real. Por el contrario, mi yo responde a mis compromisos y la continuidad no es cierta: en ella se dan giros inesperados, que son los imprevistos. Y éstos muchas veces nos conducen a una vida más feliz de lo que podríamos haber imaginado jamás.

Mi compromiso consiste en darme cuenta de que soy yo la que estoy contando el cuento. Y en saber que es un cuento que nunca antes nadie predijo. Es un reto: el del relato que tengo que vivir antes de escribir. Mi cuento no está escrito, se escribe a cada paso que doy, a soplo que respiro, con el cambio que experimento en mi vida. Y si hay un yo, yo soy mi compromiso con mi vida, no mi proyecto de ésta. En definitiva, el giro que propongo implica reclamar a un yo en el presente que vive.

Yo soy la que está aquí y ahora e interviene en el cuento pegando al lobo. Porque mi vida es, por el momento, un cuento abierto. Y, de repente, me doy cuenta de que estoy aquí, en una historia tan emocionante y nueva como la tuya.

Adiós (y bienvenidos)




Hace unos días estaba en casa de una amiga preparando la cena. En la cocina charlábamos animadamente con su familia. Yo partía taquitos de queso mientras ella recubría con una película de mostaza el hojaldre. Ese día su padre se había comprado un coche nuevo. Estaba entusiasmado con eso y con la idea de que su hija se quedase con su anterior vehículo, un xara. El padre le recordó a mi amiga que había llegado la hora de deshacerse de Gris, su actual coche: un clio viejo, sin aire acondicionado y que consume mucha gasolina. A continuación, recitó la lista de ventajas que traía aceptar su xara.

De repente el rostro de mi amiga se cubrió de lágrimas. Lloró un buen rato. Su reacción nos sorprendió a todos.

En ese momento visualicé a mi amiga conduciendo a su viejo Gris. La imaginé aprendiendo, soltándose poco a poco; descubriendo rutas y viajando; llegando tarde al trabajo y saltándose algún que otro semáforo; conversando en él durante horas, aparcada en doble fila, en invierno.

Entonces quise animarla haciéndole saber que no es una niña y que no está loca. Que comprendo sus lágrimas. Aunque su pena, desde afuera, pueda parecer una estupidez. Y es que decir adiós no es tan sencillo.

Incluso cuando nos despedimos de algo para dar paso a otra cosa que es mejor, duele. Así que le dije que deberíamos hacer una fiesta dedespedida: celebrar el tiempo compartido con Gris, agradecerle lo vivido y dejarle marchar sabiendo que fue importante.

Pero si sólo cabemos cinco me respondió, ya con una leve sonrisa.

Pues nos turnamos.

Mi amiga rió. Y el próximo fin de semana, bajo la lluvia de estrellas, Gris será homenajeado como merece.



Mi pregunta es: ¿A cuántas despedidas puede sobrevivir una sola chica? (en este caso, yo).

Para escribir este post he estado repasando mi curriculum de adioses. Y he llegado a la conclusión de que podrían agruparse en varios tipos:


Mudarse, terminar la carrera, separarse de algunos amigos (o distanciarse un poco), romper una relación de pareja, dejar uno (o varios) trabajos... son pequeños adioses, adioses circunstanciales y, en mi caso, recientes. El adiós a Gris se inserta en esta categoría, pues los adioses circunstanciales pueden ser, a priori, positivos o negativos, pero en todo caso, responden a las condiciones materiales de la vida ordinaria.


Por otro lado, están los adioses dolorosamente definitivos: hay lugares a los sabemos que nunca volveremos (porque ya no existen), instantes caducos y personas a las que no podemos volver a ver. Estos adioses son paradójicos: si bien son definitivos, escuecen para siempre. Regresan a nuestras vidas como fantasmas que se proyectan desestabilizando, de vez en cuando, nuestra integridad emocional.


Y también existen adioses constitucionales. Éstos afectan a nuestro concepto de nosotros mismos. A veces nos damos cuenta de que estábamos trabajando en un proyecto que ha fracasado; o que defendíamos unas ideas que ya no se corresponden con nuestra realidad; o que profesábamos una fe que ha muerto. Despedirse de aquellos proyectos, ideas o fes es costoso. Requieren un amplio consenso interno y su aceptación conlleva un período de crisis existencial. Esto es así porque nuestra escala de valores exige cambios. Aquello que antes nos definía, se deshace. Y tenemos que recobrar otros elementos de nuestra personalidad como definitorios.


Los adioses constitucionales también pueden ser positivos. Por ejemplo, una persona que siempre fue gorda y que pierde cuarenta kilos tiene que asumirse como delgada; y esto implica el adiós a una forma de vida, a un montón de prejuicios con uno mismo y a un tipo específico de relación con su entorno.


En realidad, aunque achicar el agua de la balsa es más costoso que dejarnos ahogar, somos seres de supervivencia y tendemos a luchar. El adiós es inevitable. Y, con más o menos esfuerzo, asumimos la despedida. He aquí los adioses circunstanciales, dolorosamente definitivos y constitucionales.



Pero hace poco he descubierto un adiós que va más allá, aunque algunas veces puede confundirse con el constitucional. Es el adiós radical a uno mismo. Va más allá porque creo que existe un punto de inflexión en el que descubrimos que ya no podemos ser más ése que éramos.
Al menos, no de una manera convincente.

Cada una de las despedidas anteriores marcan la ruta hacia este adiós. Sabemos que el proceso de cambio en nuestras vidas es constante y que recoge todas nuestras despedidas y que se gesta con mucho tiempo, aunque casi no reparemos en él.


Sin embargo, un buen día nos despertamos y ya no somos más nosotros. Nos damos cuenta de que estamos desnudos en medio de un mundo que no nos pertenece. Amanecemos desprovistos de todo, pero muy especialmente, de nuestro yo. A mí me sucedió.

Me he mirado durante horas al espejo sin conseguir reconocerme. Todavía me pasa de vez en cuando. El cambio físico que he experimentado en estos meses está implicado, pero no es demasiado importante. Más allá, me he encontrado con una sonrisa que desconocía; detrás de mis ojos he descubierto que brilla algo distinto. Otra cosa. En un sentido radical, puedo decir que soy otra. Así es como me percibo. Siento una grieta insuperable que separa a ésa que fui de esta misma que soy ahora.

Y no creo que sea la única que ha pasado por esto. Algunas veces nos encontramos con una encrucijada definitiva. Digamos que, en la película de nuestra vida, nuestro personaje ha llegado al límite de sus posibilidades. Así que ya sólo nos quedan dos opciones: morirnos o matarlo.

Ése es el adiós que más trabajo conlleva, si es que es un adiós legítimo. No es tanto crecimiento como recreación. Podemos achicar el agua de nuestra balsa, lanzarnos al mar cuando ésta se ha hundido por completo y agarrarnos a una tabla podrida para flotar. Pero lo más complicado es asumir que ya no somos balseros, y que podemos, no sólo aprender a nadar, sino ser, de repente, nadadores profesionales.
    

Mi objetivo con este post no es redactar una guía de autoayuda. Ando bastante lejos de ese objetivo. Sólo quiero despertar el debate. Lejos de poder dar una respuesta, apenas queda la pregunta repetida: ¿A cuántas despedidas puede sobrevivir una sola chica? 

Creo que la educación emocional que recibimos con respecto al tema del adiós es bastante deficiente. Por un lado, se nos exhorta para que construyamos un proyecto vital: casarse, tener hijos, conseguir un trabajo estable, comprarse una casa, un coche, irse de vacaciones a la playa, y mil cosas más. Tenemos que tener las ideas claras y buscar el para siempre porque, de lo contrario, seremos unos fracasados.


Pero, por otro lado, la dinámica de consumo nos impulsa a querer siempre más:


―C
ambia de móvil nos dicen, de coche, de tele, de piso, de compañero, de trabajo. Renueva tu mente.


Lo que no nos explican es que esto exige romper con el para siempre y pasar por el adiós.


Y así, voluntariamente o no, cambiamos y recambiamos nuestro mundo, hasta que nuestra realidad desaparece: y el adiós radical es lo que nos queda. Porque nuestros adioses, ¡cuántos adioses!, nos conducen a esa encrucijada que no sé si es buena o no. En este punto, podemos intentar salvar los escombros de nuestro proyecto o afrontar el adiós radical: ser ya otro.
He aquí la elección: ser balsero que nada porque le ha tocado nadar o nadador profesional que se olvidó del viejo balsero. Morir (delaburrimiento, quizá) o martarnos (y recrearnos).

Yo opté por decir adiós y, en general, me siento orgullosa. Pero cuando contemplo esta discontinuidad vital, cuando me miro al espejo, me topo con una precariedad existencial desquiciante.

¿Merece la pena decirnos adiós? ¿Es legítimo el adiós radical? ¿Cuándo debemos acomodarnos con lo que tenemos? ¿Cuántas despedidas podemos afrontar?



Nota: quizá suene paradógico inaugurar un blog con el tema del adiós, pero pienso que, hasta cierto punto, cada bienvenida viene precedida de otra despedida (por ejemplo, el nacimiento es el fin el embarazo). Para poder decir hola, debo enfrentar un adiós previo. Esto es lo que no se nos enseña. Después, sólo tú decides.

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