Soltera y Entera
Me gustan las fechas porque me gustan los símbolos. Tiendo a acogerme a lo que llamo pensamiento alegórico de la vida. En este sentido, llevaba algún tiempo esperando el trece de septiembre de este año, pues coincidía con el cumplimiento de mis nueve meses de soltería.
No hice nada especial para celebrarlo, apenas un breve balance interno que despertó en mí cierta nostalgia. En este tiempo aprendí a estar soltera (salvando algunos breves intervalos, no lo había estado desde que era niña); más aún, a ser una mujer independiente. Y aunque queda mucho por trabajar —afortunadamente—, me siento bastante satisfecha.
La historia empezó fatal. Para ser más exacta, en una ambulancia camino del hospital. Mejor será obviar los detalles pues sabed que aquella escena, más que pena, genera vergüenza. Al principio me sentí muy sola. Y lo estuve. Lloré tanto que el color de mis ojos ha cambiado.
No me sentía capaz de soportar mi soledad. La tristeza apenas se intercalaba con el tedio. El curso de los días me desquiciaba. Había perdido el proyecto en el que había puesto mi vida y mi corazón durante muchos años. Pero lo que me hacía sentir desgraciada era ese vacío que todo lo baña cuando uno empieza a dejar de amar.
La situación empezó a cambiar a partir de un descubrimiento: durante muchos años había desconocido que no sabía sonreír. Así que, ya sabiéndolo, pude construir una sonrisa. Y, así de fácil, empezaron a pasar cosas: adentro y afuera. Me encontré y reencontré con personas increíbles; estuve en lugares emocionantes y nuevos; todo parecía bonito.
Aún quedaban muchos días grises, pero la vida empezó adquirir un cariz tan hermoso que hasta daba miedo. Yo misma, incluso, era mucho más bella de lo que podría haber soñado ser.
Entonces el vacío se llenó. El tedio desapareció (la verdad es que ahora mismo no recuerdo haberme aburrido un sólo momento en los últimos meses). Y hoy, que soy una mujer independiente, puedo decir que amo más que nunca. Son amores repartidos, eso sí. Y el primero parte de mí y se dirige hacia mí misma. Este amor de por sí no es suficiente, pero pienso que es el único verdaderamente necesario.
En conclusión, alcancé un grado considerable de independencia.
En relación a esto, la pregunta es: ¿Cuál es el precio de la independencia?
Caractericemos el concepto. Para mí, alcanzar la independencia, es lo más parecido a encontrar el hogar de tus sueños. Y comprarlo. Al parecer, la entrada a pagar es bastante dura, pero tus ahorros la pueden cubrirla; mientras tanto, la hipoteca se presenta como bastante asequible; y, además, viene con un seguro a todo riesgo gratis y vitalicio.
Existen diferentes versiones de una misma frase de Aristóteles: “el hombre solitario es una bestia o un dios”. Creo que este pensamiento está muy asentado. Somos seres sociales, cierto. Es imposible pensar en una independencia pura. La influencia del entorno es fundamental: nos afectan los cuentos —o dogmas— que nos inculcan, las personas con las que convivimos y nos suceden multitud de cosas, muchas de ellas imprevistas, que nos moldean.
Estoy de acuerdo con Aristóteles en que la sociedad es previa al individuo. Propongo que a esto lo llamemos dependencia coyuntural.
Y no quisiera presentarlo con una connotación negativa. Creo que en la colaboración y el intercambio. Me fascinan las múltiples posibilidades del ser humano y su idiosincrasia fragmentaria. Por otro lado, la creatividad, valor original para la construcción de todo lo nuevo, sólo se genera, por necesidad, como respuesta a un contexto previo.
Tenemos a la sociedad que nos hace, que nos está haciendo. Es más que posible que nunca podamos saber hasta qué punto nos influencia. Y, sin embargo, existe la soledad. Al menos, la impresión de soledad. El momento irreductible en que el individuo topa consigo mismo.
Nacemos profundamente dependientes. En alguna parte leí que el grado de maduración de un ser humano equivalente al de un recién nacido de cualquier otra especie de mamífero sólo se alcanza a partir de los dos años. Si agregamos todo esto al concepto de dependencia coyuntural, la independencia a la que querríamos aspirar empieza a parecerse a un mito.
Y, sin embargo, no nos desprendemos del concepto. Al menos yo no quisiera renunciar a él tan rápido. Todos tenemos en mente la imagen de alguien que nos parece independiente. Y suele ser bastante atractivo: las personas que están bien solas transmiten algo especial, algo bonito.
Ahí es donde está la independencia para mí. Se encuentra en ese saber que, a pesar del cambio, estoy en casa. Que estando sola estoy bien. Que si me tengo, la vida sigue. Y que puedo partir del suelo en mil ocasiones, si es mil el número de veces que la vida me exige recomenzar. Porque si son mil millones de veces, también puedo. Sí: mientras me queden días, podré. Y ser independiente no es creer ni imaginar esto: es saberlo, tenerlo grabado en el corazón.
A lo que me revelo es a cómo está estructurado nuestro hábitat. En cualquier mundo posible, mientras fuésemos humanos, la dependencia coyuntural es inalienable. No obstante, nuestro mundo es particularmente atroz en lo que a esta cuestión respecta. Parece que todo está dispuesto para que seamos más y más dependientes.
Y, en este sentido, criticaría dos cuestiones que están relacionadas, cada una de ellas, a los dos grandes sistemas de organización social: capitalismo y patriarcado.
La dependencia que genera el capitalismo creo que no se le escapa a cualquiera que tenga medio dedo más de frente que un mindundi. El sistema capitalista está basado en el consumo, el cuál sólo se mantiene por medio de la creación de necesidades en el consumidor. Creo que somos patológicamente dependientes de lo que tenemos y de lo que queremos tener. Y lo somos porque nos han hecho así. Es más, genera en nosotros una doble dependencia en tanto que la seducción del tener se retuerce con la trampa del crédito.
Creo que la posibilidad de sistema en el que no prime el tener al ser no es utópico, sino posible. Y allí nuestra independencia y, con ella, nuestra satisfacción, se maximizaría. El punto de referencia no estaría fuera de mí.
No es que el capitalismo sea el único sistema que genera dependencias innecesarias, pero, de hecho, lo hace. El que no tiene no debería ser considerado un fracasado, ni directa ni indirectamente. Y la idea del fracaso por no tener es una violencia que nos atenaza desde antes, probablemente, de tener uso de razón.
En conclusión, creo que si nos rigiésemos por un sistema que no siguiese los principios del capitalismo en cuanto a generación de dependencia, habría un índice mucho más bajo de adicciones. Por ejemplo, en este post me estoy jactando de ser una mujer independiente, pero quitádme el tabaco y ved qué me ocurre.
Alguno de vosotros argüirá: ¿estás diciendo que fumas por culpa del capitalismo? Pienso que, en última instancia, fumar es mi responsabilidad, por supuesto. Pero me crié en un mundo de fumadores potenciado por una gran campaña —que no siempre fue subterránea—a favor del consumo de tabaco.
¿Podría dejar de hacerlo? Sí. Y lo haré. Pero el condicionamiento fue evidente y dejarlo dependerá de una voluntad que yo no hubiera tenido que ejercer de haber nacido en una sociedad no fumadora.
Por otro lado, asociado a esto, y muy relacionado con el patriarcado —sobretodo porque en él están evidentemente implicados los roles de género— quisiera criticar la idea del amor romántico. No obstante, dejaré el concepto de patriarcado a un lado, pues la asociación entre amor romántico y patriarcado da para mucho y no es el asunto que quiero tratar hoy.
Algunas personas me dicen, a veces en broma, a veces en serio, directa o indirectamente, que ya es hora de que me eche novio. Y yo, como Carotone, me cago en el amor.
No soy una princesa. Ni quiero a un príncipe. No quiero que me salven. Sólo creo en la compañía, en el intercambio y en la creatividad.
“Entera, completa y a tope”, así me describió una vez mi amiga Noe. El concepto de la media naranja es un terrible error. Si nos sometemos a esto, cuando nos quedemos solos, nos encontraremos incompletos. Y eso es así porque fraguamos relaciones dependientes y parasitarias. No es esto lo que yo quiero. No obstante, a veces dudo si es posible tener una relación de pareja y conservar la independencia del individuo. Desde el punto de vista del amor romántico, pienso que no.
Siempre defiendo que la soltería no es un estado de carencia. Estar soltera no es necesariamente no tener un novio. No es, ni de lejos, no tener amor. Yo ahora amo más que nunca: me amo sobretodo a mí. Y por eso me elijo. Me ha costado mucho llegar a esto. Y no me apetece perderlo: así de sencillo.
Al menos, no lo perderé tan fácilmente, porque es bastante probable que alguien me termine atontando. Pero aquí estoy yo: soy mi referencia y no me quiero perder.
El amor romántico es otra cosa. Me refiero a la idea de que sólo hay una persona en el mundo capaz de llenar la vida de otro (¡y creen que no son ellos mismos!); y de que, además, tenga que ser una misma persona para el resto de sus días; hablo de ese concepto omnipresente en las novelas, en las canciones de amor y en las películas.
No hay mayor violación de la independencia que esta idea, repetida hasta la locura, a través de las voces enamoradas: ésas que, llenándose sus bocas de azúcar, vomitan pasteles de cabello de ángel; las que habitan al borde del colapso rosa y la credulidad más absoluta; esos pobres enfermos, colmados a la par de felicidad y desazón, que se empeñan en contagiarnos a los que vivimos tranquilos.
Durante mucho tiempo me creí lo que contaban. Ahora me escandaliza. Si alguna vez un hombre me quiere, le advierto: ya no admito que me vendan cuentos, apenas que estén a mi lado mientras dure, que me hagan sentir bien.
Es más, estoy harta de ver individuos que renuncian a sus vidas por sus parejas. Muchos, con los ojos vendados, reniegan de ser ellos mismos, de sus gustos e intereses. Y lo cuento porque yo tambiénlo hice. Esto sucede, sobretodo, no porque necesitemos estar acompañados, sino sobretodo por la idea del amor romántico. Éste nos ha vendido un cuento que genera una forma de acompañarmiento dependiente. Y va mucho más allá de lo que naturaleza exige.
Lo peor es que, de este modo, los dependientes que fracasan en sus amores de ensueño, ven sus vidas naufragar con sus amores. Y cada día son más. Por eso me parece tan importante la construcción de la independencia. Creo que sería interesante apostar por una educación que se apoyase en una idea alternativa a la del amor romántico.
Si puediese hablar con la niña que fui le contaría que la vida es maravillosa, que encontrará a mucha gente a su alrededor; que tendrá mucho amor, también de pareja; pero que no sueñe con verse acompañada para siempre por un mismo hombre; que disfrute de sus experiencias, las que sean; le diría que el objetivo no es que el amor hacia una persona dure para siempre: aunque esto puede suceder, su ocurrencia es más circunstancial que ideal; y también añadiría que no tuviese miedo si acaso quedase soltera, porque la soltería no es sinónimo de soledad.
Tras esta disquisición, quisiera puntualizar que las correlaciones entre soltería/independencia y “compromiso”/dependencia no son necesarias. Sin embargo, me parece que es evidenteque el concepto de amor romántico impulsa a la vida dependiente, en acto puro o como deseo incumplido. A mí ya no me interesa tener novio. No me importaría que no llegase nunca.
No: no estar enamorado no es una calma muerta. Es un mar de vida que fluye más que nunca. Es un no saber dónde estaré mañana. Y cuando esto se vive desde la independencia, resulta más inspirador y asombroso que cualquier otro estado. Mi corazón es mi hogar: a partir de ahí, el mundo me pertenece.
No obstante, retomo la pregunta: ¿Cuáles el precio de la independencia? ¿Se puede vivir en pareja y ser independiente? Supongo que, en parte, sí. Pero no completamente. Por eso, para las personas que hemos aprendido a estar solas, la opción de la compañía pasa a ser menos atractiva. Porque amar “con todo” a otro es una gran señal de generosidad, pero nada se puede equiparar con amarse a uno mismo. Y yo amo a muchas personas.
Pero, ¿qué sucedería si una sola pasase a estar en el centro de mi corazón? Que correría el riesgo de perder lo más grande y hermoso que ahora tengo. Y esto soy yo.
No me estoy acogiendo a las sabidurías orientales o estoicas. En verdad, tengo un fondo bastante hedonista. Exprimo el momento. Río con ganas. Amo arriesgar. Podría ser capazde llorar sangre si esto fuese necesario. Pero lo hago aquí, en mi hogar, en mi centro. Y cuando termino, saco un paño, la escoba y el pegamento para recomponerme. No me quiero perder nada en esta vida. Y estoy abierta a todos los sufrimientos que aún me tienen que amenazar.
Sin embargo, si estoy bien así, ¿porqué tengo que aspirar a lo mismo que todos los demás? Si escojo mi independencia maximizada por mi estado de soltería, y la elijo como opción vital para el resto de mi vida, ¿cuál es el precio que debo pagar?
Posiblemente, a largo plazo, algo más que mi “soledad” (que no es tal, dudo que la haya muchas personas "comprometidas" con un grado de actividad social equiparable al mío). El grupo a tiende ejercer la violencia contra el que disiente. Así que si este grupo cree en el amor romántico, como es el caso, me increparán. Por lo tanto, el precio de la independencia es el rechazo.
Aquellos que creen en el amor romántico se pueden sentir descolocados al observar que otra persona es feliz sin su media naranja (así como el capitalista rechazará al pobre en posesiones). Esto es así por la envidia que genera que un ser puedaser tan feliz como ellos sin compartir, al mismo tiempo, la desazón que el amor conlleva.
Entonces la asumida idea de Aristóteles se vuelve contra mí. El ser humano independiente en el plano afectivo o económico pasa a ser considerado por los demás, más que por sí mismo, un dios o, más bien, una bestia.
Por eso es tan difícil conservar nuestro estado de soltería. Se trata de una cuestión de presión que nos impulsa a memorizar las instrucciones del juego. De lo contrario, quizá podríamos ser muchos los que nos sentiríamos solteros y enteros por decisión propia; felices, ¡al fin!, de pleno derecho, en nuestra independencia. Y el amor romántico, con toda la industria que teje, se quedaría en los huesos de los amantes que mueren envenenados de celos.